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Antonio no podía concentrarse en los documentos que su secretaría le había dejado amontonados sobre la carpeta de cuero que protegía su escritorio. Eran cerca de las diez de la noche cuando iluminado por la tenue luz de su pequeño flexo plateado, revisaba la pequeña montaña de contratos y facturas, teniendo que releer cada uno de ellos más de dos veces.
¡¡Esa maldita mujer!!…
Cerró los ojos y se acaricio las sienes.
¡¡…no pienses en ella, no trae nada bueno…!!.
A las cinco y media de la tarde, más o menos, y saliendo del garaje situado frente a su edificio de oficinas, Antonio había vuelto a encontrarse con una persona del pasado, una mujer enlutada de mirada de hielo que tiempo atrás le había estado acosando.
Casi cinco horas trabajando para nada… no pienses en ella… ¡¡ CONCÉNTRATE!! .
La temperatura del despacho de la “Mesa de Roble”, como lo conocían los trabajadores de Antonio, había ido descendiendo, al igual que la luz que penetraba a través de los grandes ventanales situados a sus espaldas. El despacho le parecía más grande a medida que la luz se iba consumiendo.
Desde la mesa del director general de la pequeña pero prospera constructora Plantayperfil S.A. se podía divisar casi toda la ciudad a través de los cristales y se tenía al alcance de la mano todo el mundo interior de Antonio, archivado en carpetas azules o apilado en baldas a lo largo del perímetro del despacho. Cuando se hacía la noche, a Antonio le gustaba pensar que su mesa era una luz en la oscuridad, una pequeña isla en un mar de noche y sombras donde podía trabajar sin ser nunca molestado.
Toc! , Toc! , Toc!.
La puerta de madera sonó como si alguien la golpease muy suavemente con los nudillos. La isla en la oscuridad se tambaleó y los ojos de la mujer del callejón se hicieron clara y aterradoramente visibles en la cabeza del que presumiblemente era el único trabajador activo en todo el edificio de oficinas.
Antonio miró atónito la puerta, como si por sí misma se fuese a abrir o la madera le fuese a decir quién llamaba.
Seguramente, Ramón, el conserje, habrá marchado ya y la puerta del portal debería de estar cerrada.
TOC!! , TOC!! , TOC!!.
Tres golpes más fuertes.
¿¡Qué había dicho esa loca en el callejón!?…¡¡la muy zorra!!… Antonio sentía frio, parecía como si la temperatura del despacho se hubiese desplomado de repente, pese a ello, Antonio había comenzado a sudar. Abrió el cajón y sacó el abrecartas de bronce regalo de bodas de sus cuñados, hacía ya un par décadas. Como en una diapositiva pasó ante sus ojos la cara de su mujer cuando Alberto, su hermano, el día más importante de sus vidas, va y les regala un juego de dos abrecartas de bronce. El único punto de interés en el regalo eran los grabados, sus nombres y fechas de nacimiento.
Ramón seguía observando en silencio la puerta como si se pudiera ver algo a través de ella.
¡¡¡CONCIENCIA!!! , eso era lo que había dicho la tipa del callejón. Casi podía ver su mirada al otro lado de la puerta, esperando a que abriese para lanzarle todo su odio a la cara, como lo había hecho tantas otras veces antes. Le había insultado en la puerta de su casa, en restaurantes o incluso en el cine.
Antonio tomó aire y sin poder evitarlo comenzó a recordar aquel accidente de hacía ya seis años.
Dos hermanos marroquíes de veinte y veintidós años, trabajadores de Plantayperfil S.A. habían caído de un andamio mientras lo desmontaban durante la construcción de un chalet pareado en la sierra.
Abdel Karim murió al momento pero Ahmad, su hermano mayor, falleció poco después de la llegada de Antonio con ojos suplicantes y agarrando la mano del empresario mientras un hierro oxidado le atravesaba el pecho segándole la vida. No llevaban ropa de trabajo ni arnés de sujeción… bueno, no llevaban ninguna de las medidas de seguridad obligatorias para realizar aquel trabajo y además no estaban dados de alta en la Seguridad Social ni tenían contrato laboral ni tarjeta de residencia.
Gracias a Dios, el agente Gutiérrez, amigo de Antonio desde la infancia, entendió perfectamente lo que “había sucedido” apoyado también por un cheque de treinta mil euros, particularidad esta que le ayudó a acallar su diminuta conciencia. Treinta mil euros y los dos hermanos marroquíes pasaron de ser víctimas de un accidente laboral a ser dos presuntos ladrones de material de obra fallecidos con las manos en la masa.
¡Limpio y rápido! Se había felicitado Antonio a sí mismo.
Las semanas siguientes al accidente fueron una autentica locura con aquella mujer todo el día persiguiéndole, enlutada, y con el breve juicio que bien podía haber sido un corto de cine por lo estructurado que estaba y por el pulido guión al que se ciñeron todos los actores. Incluso uno de los testigos actores de lo sucedido era el dueño del chalet que estaban construyendo los difuntos, orgulloso propietario que corroboró fielmente la historia pactada, Don Fernando Reliquia, funcionario de la fiscalía, conocido por sus posicionamientos un tanto radicales en materia de inmigración. Finalmente y tras poner varias denuncias a la madre enlutada dolida por la pérdida de sus dos vástagos, Antonio consiguió una orden de alejamiento y no había vuelto a saber de ella hasta ese mismo día, en el callejón lateral que queda entre el edificio de oficinas Taurus y un edificio de viviendas frecuentadas por inmigrantes, donde si no recordaba mal, vivían de alquiler sus trabajadores ya muertos.
TOC!! , TOC!! , TOC!!.
Los golpes en la puerta hicieron temblar las paredes del despacho y con ellas las tripas de Antonio. Se aflojó el nudo de la corbata y se soltó el último botón de la camisa. Sentía el sudor bajándole por la espalda como si de una pista de esquí se tratase, acumulándose en cercos oscuros alrededor de axilas y lumbares. Sacó la botella de Whisky “Chivas Regal” reserva de 12 años y un vaso que guardaba en el segundo cajón Tomo un “culín” para tranquilizarse y otro para entrar en calor.
Tal vez crea que no hay nadie y se marche. ¡CONCIENCIA!. Esa bruja me quiere volver loco.
Se recostó mirando el techo, la oscuridad ahora era total más allá del área de poder de su pequeño flexo de escritorio, era una balsa en la inmensidad del océano, una patera silenciosa que cruzaba la noche en busca de un mundo mejor
Conciencia…
Solo su mujer y los otros dos trabajadores que estaban en la construcción aquella maldita noche de hacía ya más de seis años sabían la verdad de lo ocurrido, y menos a su mujer al resto ya se había encargado de cubrirles de dinero para que guardasen silencio. ¿Cuánto dinero hace falta para enterrar un asunto como este? Antonio sabía que con unos sesenta mil euros en total tenía el teatro montado y además el estreno de su obra había sido perfecto. Otro “culín” de whisky, este para olvidad aquellos malditos ojos.
En el fondo de la botella se reflejaba la luz de la lamparita del escritorio, la amarillenta luz de su flexo tambaleándose como si estuviese vida buceando por el fondo de la botella. En cuestión de decimas de segundo quedó estática, clavada en el vidrio y en su retina. El líquido de la botella se niveló y dejó de tambalearse, pero en el cerebro del empresario habían comenzado ya a hacer efecto los vasos de alcohol. Antonio empujó la botella con expresión de pánico, en ella no veía el reflejo de una lámpara, veía unas pupilas furiosas que se acercaban.
¡CONCIENCIA!.
Estiró la mano y volvió a agarrar la cuadrada botella como si iría su vida en ello. Dio otro trago largo, esta vez sin usar el vaso y se intentó poner en pie consiguiéndolo a duras penas. La distancia entre la puerta del despacho y la mesa de roble era apenas de tres metros pero a Antonio le daba miedo saltar de su patera a la inmensidad del oscuro y silencioso océano.
Al llegar a la puerta apoyó su frente en la fría madera que le separaba de su enemiga como hacía ya tantos años los hijos de esta, habían apoyado sus frentes en las frías arenas de las playas de Cádiz. Empuño el abrecartas, tomo aire y abrió de golpe como queriendo ser él quién asustase a su indeseada visitante.
Oscuridad y silencio. Envalentonado por el whisky y con muy poco equilibrio se acercó por el oscuro pasillo de unos doce metros de largo hacia el hueco de la escalera. Sentía que desde la oscuridad alguien le observaba.
Esa bruja arpía… ¡¡¡yo no los tiré del puto andamio!!!.
Antonio no sabía si había gritado en la oscuridad o solo lo había pensado pero el eco de esa frase aun le retumbaba en la cabeza mientras se iba acercado a la esquina del pasillo.
¡Se que estas en el hueco de la escalera!.
Algo se aferró ferozmente a su pie haciéndole daño en el tobillo. Asustado, Antonio intentó correr perdiendo torpemente el equilibrio. Sintió un golpe a media espalda contra el reposamanos y cómo caía por las escaleras girando como una peonza. Antonio observó con terror como el suelo se acercaba rápidamente hacia su cara. Rodó y siguió cayendo. Las escaleras como si fuesen palos dirigidos por las manos de los mismísimos Abdel Karim y su hermano Ahmad le golpearon sin piedad en una caída que parecía eterna.
Dolor en la sien y falta de aire, todo se veía borroso para el empresario del momento. Abrió como pudo los ojos y se miró el pecho. Sangraba. Durante la caída se había clavado el abrecartas de bronce, regalo de bodas, en las costillas. Sentía que le faltaba el aire, le costaba respirar y cada vez veía todo más borroso. El techo del pasillo desapareció y las paredes se cayeron hacia atrás como si fuera el decorado de un escenario de cartón piedra. Antonio se sentía flotar a la deriva en busca de un sitio mejor, en una balsa en mitad de la oscuridad mientras en su cabeza sonaba como si de un mantra se tratase la palabra “Conciencia”.
La foto adjuntada al expediente policial redactado por el Agente Gutiérrez, mostraba a Antonio con el pecho ensangrentado y un abrecartas de bronce clavado en las costillas. La expresión de su cara era de esas que no deja indiferente, parecía aterrorizado. El cadáver se encontraba tirado en el descansillo de azulejos de mármol con un triangulo de señalización amarillo que rezaba “suelo recién fregado”, enredado alrededor del tobillo. En la pared, frente a la puerta de su propio despacho, en una nota escrita a mano, María, la señora de la limpieza, había dejado un mensaje al difunto. “ANTONIO, TE HE LLAMADO Y NO ABRES PERO HAY LUZ, ESTARÁS DORMIDO. CUIDADO, EL SUELO ESTÁ RECIÉN FREGADO. MARIA”.


David de la Cal Alonso

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