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Aquí escribe un poco sobre tu novela, de qué trata, quiénes son los autores (tú) y otras cosas. Te voy a ayudar diviendo ésto en algunas partes:

Trama Editar

Rosamunda es la historia, básicamente de una familia, la mia, inspirada un poco en mis padres y hecha para conmemorar su próximo cuadragésimo octavo aniversario de casados, son espacios saltados através del tiempo (bueno es lo que tengo pensado, puedo modificarlo), así que básicamente he pensado en un numero indeterminado de capítulos, alternándolos entre la propia Rosamunda y el que será su esposo Baldomero, y despues Baldomero y Rosamunda ó Rosamunda y Baldomero, dependiendo de quien cuente la historia.

Se desarrolla en un lugar ficticio de México, mayormente entre los años 50's, 60's, 90's y la época actual, que es donde comienza la novela. Pinta un poco el todavía vigente costumbrismo muy mexicano, herencia de un pasado un poco victoriano tardio y el largo camino que hacen una pareja "perfecta"   en 48 años de matrimonio, lo cual sería imposible, así que destaca los que concidero es lo principal, un poco de la historia de las familias, en parte sacadasde mi imaginación, su noviazgo y matrimonio y nosotros (sus hijos), su certificado de autentisidad de su exitosa y feliz vida conyugal.

Autores Editar

Mi nombre es Marco Antonio Cancino Lastra

Capítulos Editar

Introducción

Rosamunda/Primera Parte Capítulo_1 Rosamunda

Rosamunda/Baldomero Capítulo_2

Rosamunda/Rosamunda Capítulo_3

Rosamunda/Baldomero Capítulo _4

Rosamunda/ Segunda Parte La Boda Capítulo _5

Rosamunda/ Rosamunda y Baldomero Capítulo_6

Rosamunda/Baldomero y Rosamunda Capítulo_7

Rosamunda/Tercera Parte 44 años despues.Capítulo _8

Rosamunda/Apostillas.

Algunas otras cosas Editar

RosamundaEditar

Introducción

 

El cielo se tornó gris, con algunos celajes en el firmamento, era la hora en que es todo y nada, ni día, ni noche, el avión de la compañía estatal de aviación estaba a punto de salir con rumbo a la capital del país, ahí debería tomar un vuelo de conexión a Madrid, que me llevaría a una nueva vida, un nuevo comienzo, el círculo se estaba cerrando y en el horizonte casi se podía intuir la delegada línea que se traza al crear uno nuevo.

Dentro de mi intuía que todo iría bien, confiaba en mi, en mi capacidad de adaptarme, confiaba en el gran proyecto que me llevó a tomar semejante decisión, pero sobre todas las cosas confiaba en Estevan, quien percibía mi estado anímico, era tan sombrío en ese momento, como  la hora crepuscular del despegue, pero como la misma hora gris, que conserva colores coral y lavanda, también había la esperanza de una nueva vida, “el sueño europeo” se abría ante mí, real y tangible, sentí el tímido roce de su mano sobre la mía, era su manera de apoyarme y yo lo sabía, no pude evitar que se me escaparan algunas lagrimas, aunque pongo a Dios de testigo que lo traté de evitar, no se si estas eran de alivio, de profunda tristeza, de esperanza, o simplemente una mezcla de todo. Los asistentes de vuelo y varios pasajeros miraron descaradamente en nuestra dirección, queriendo saber hasta lo que sentía, yo, claro está, no era consciente de nada de eso, pero mi compañero de asiento, acostumbrado a interpretar las miradas curiosas, si que se percató de todo, más tarde aprendería, que casi nada se le escapa, aunque algunas veces pareciera lo contrario, prudentemente no dio muestras de enterarse de nada.

Antes de entrar por la puerta de la aeronave, lo último que recordaré siempre es el olor de mi tierra, a canela, a tierra mojada, los sones de la marimba ya se oían lejanos, eran el acompañamiento perfecto para despedir con melancolía a quienes visitaban la ciudad.

El ave gris, prodigio de la mecánica, el moderno fénix, rugió, como el varadero rey del cielo que es, se enfiló, y yo solo pude observar en al distancia, las interminables hileras de sembradíos de plátanos y mangos, de un verde tan intenso, como el jade de su corazón, piedra sagrada de mi pueblo, y unos instantes después, el azul obscuro del mar, los ojos de mi tierra, me observaron todo el largo camino que habría que recorrer hasta mi nuevo hogar, ellos no me abandonarían hasta mi llegada a tierras Ibéricas.

                                                                                                              ***

Baldomero, ayudó a su mujer a recorrer el largo pasillo que separaba el túnel de la terminal “A” del campo de aviación, el aparato hacía ya más de media hora que había despegado y Rosamunda no dejaba de llorar, con esos sollozos desgarrados y profundamente tristes que pocas veces le había escuchado proferir.

El coche esperaba en la salida y ni él, ni ella, dijeron palabra alguna en todo el trayecto de regreso, no era necesario tampoco, solo la respiración trabajosa de ambos y la radio que escuchaba a muy bajo volumen el chofer, se oían.

El cielo se emplomó, se empezó a escuchar el rugido de los truenos, como cada verano, todos los días llovia con una intensidad que solo se ve en esa parte del país y como un espejo, el ambiente reflejaba el estado de ánimo que reinaba en el interior del vahículo, Rosamunda pensaba a gran velocidad un sinfín de cosas, como diapositivas, se sucedían las imágenes, los sentimientos del pasado volvían a impactar en ella, todo lo contrario de lo que pasaba con sus piernas, que no le ayudan ya en casi nada, tenía que usar andador para desplazarse, pero su mente, su amiga más querida, ella si que corría, recordó el día en que Baldomero la beso por primera vez, de eso ya hacia casi 44 años, para ella, había sido la semana pasada.

Un media sonrisa se dibujó en su rostro, y de no haber sido por que el se encontraba tan triste como ella, lo hubiese notado en el acto, y de pronto se vio a si misma, un sábado a medio día, saliendo de la villita de Guadalupe, después de la boda de su amiga “La Chiris”...

 

Primara Parte.

Rosamunda.

 

Capítulo I.

Rosamunda vino al mundo, una lluviosa mañana de Julio, era como si los Dioses lloraran amargamente el tener que desprenderse de tan adorable criatura, Tlaloc, derramaba sus bendiciones, como un regalo hecho a sus hijos.

Vio la luz en el cuarto de su madre, acompañada de una matrona y tres hermanos más grandes, que esperaban expectantes en el desvencijado patio trasero de la vivienda.

Lucio Santoñés, ajeno a todo ese barullo, apuraba la última cerveza, antes de ahorcarle la mula de seis a su compadre en la cantina del pueblo, cuando tímidamente asomó la cara de su hija María Fernanda, al abrir las puertas dobles, el chirrido de los goznes y el gris-azul de la mañana que penetró en la lúgubre estancia, hizo que los presente viraran la mirada y observaran la rubia cabellera ensortijada de la pequeña, que miraba con auténtico terror a su padre.

---Es la hora señor, la señora Esthela dice que mi hermano va a nacer de un momento a otro.

Con una fulminante mirada, la niña entendió que debía irse rápido a su casa, bajo el amparo  y la protección de sus hermanos, y sin mediar alguna otra palabra, corrió calle abajo, lamiéndose los gotones de agua que le corrían por su rostro.

Se metió en su jergón, nada más llegar a su camastro, y no sería hasta el otro día, que se enteraría que por fin tenía una hermanita, con quien jugar.

Su padre nada más ver a su nueva hija, fue tal su decepción de que no fuera otro varón, que se volvió por donde había venido, apurando el paso como tratando de huir de todo aquello.

Santa Decampa, canturreaba una canción de cuna a su recién nacida hijita, tratando de ocultar su hondo pesar, los surcos de la cara denotaban su estado de ánimo, su cabello entre cano y su famélico estado lo decían todo sin necesidad de emitir palabra alguna, a pesar de que tenía casi cuarenta años, parecía una anciana, ya no tenía ni lagrimas que derramar, estaba tan débil y triste, que no pensaba, una vez que se hubo dormido  la recién nacida, encendió la luz mortecina del quinqué de petróleo, para releer una vez más la carta que había llegado unos días antes de su hermana Laila, se quedó dormida ideando la forma de decirle a su esposo, que su familia deseaba verla, que ella necesitaba desesperadamente salir de esa prisión, aunque solo fuese por un par de semanas.

Unos días más tarde, Lucio le dijo que deberían hacer las maletas, que necesitaban ir a San Sebastián el Grande, por asuntos de trabajo, y ella pensó para sus adentros, que a veces, solo algunas veces, la vida también le  sonreía.

Lo que ellos nunca supieron, es que unas calles más abajo, Citlali, el ama de llaves de su hermana Laila, esperaba en el andén de la estación de trenes, la llegada de la locomotora que la llevaría de regreso a casa de sus patrones. Había cumplido cabalmente con el encargo que le habían encomendado y ahora regresaba a darles el parte de su secreta visita al entorno de Don Lucio.

Dos semanas más tarde, Santa Decampa y Lucio Santoñés, llegaron a San Sebastián el Grande, su hermana Laila y su cuñado Pierre August Chalonnes, esperaban por ellos al pie de la escalerilla del vagón de la compañía Pullman, con ellos iba la pequeña Rosamunda, con su pelusilla negra, su piel color canela y sus maravillosos ojos verdes, que acababan de abrirse para descubrir todo un mundo.

Citlali, aguardaba unos pasos mas atrás, discreta como siempre, con su falda amplia de fondo negro y flores bordadas y su blusa de tehuana, con un moño amarrando una trenza negra color ala de cuervo, con el chofer, para hacerse cargo de la recién nacida y organizar las maletas, su gesto de manifiesta desaprobación lo decían todo.

Una vez que la vieja Citlali tuvo en brazos a la pequeña Rosamunda, se estableció un vínculo entre ambas, que solo la muerte de la nana Citlali, rompería.

La vida de todos ellos estaba a punto de cambiar para siempre.



A la vuelta de Veracruz, Citlali, había informado a sus patrones de las lamentables condiciones en que la niña Santa vivía, lo maltrecha que era su existencia, su pobreza, su maltrato físico y psicológico y lo mal que la trataba Don Lucio, no solo a ella, si no a sus hijos.

Todo eso no era nada nuevo para el matrimonio Chalonnes, ellos habían visto en los últimos doce años, como Lucio había ido dilapidando la gruesa fortuna de Santa, como poco a poco se consumía ella misma en la sinrazón de seguir a lado de ese nefasto compañero, como le había quitado él a su hermana, hasta la luz de su mirada; Pierre August había podido rescatar algunas cosas de la casa de empeño, como el maravilloso juego de esmeraldas colombianas que habían pertenecido a la madre de ambas, y le había comprado algunas propiedades que pretendía malbaratar, todo a través de la intermediación de su abogado Her Helmut Baumann, para acallar los rumores que perseguían a toda la familia por el matrimonio de Santa, y religiosamente le mandaban remesas de dinero para el mantenimiento de los niños, siempre era Citlali la correo, dejaba un sobre en la oficina de la Recaudación de Hacienda de Veracruz, en mano del propio Sr. Santoñés, cada dos meses, los días veintiuno, hiciera el tiempo que hiciera, la indígena Tzental hacía la entrega,  pero sospechaban que esa renta se la gastaba también en juergas y alcohol, y por supuesto no se equivocaban, pero era preocupante que otro hijo hubiese llegado a este mundo en tan lamentables circunstancias, el quinto ¡por Dios!, por eso habían ideado la forma de ayudarla en algo.

Después de darle muchas vueltas al asunto, de interminables noches en vela planificando la forma de sacar de ese círculo vicioso a su hermana, Laila había decidido quedarse con Rosamunda, había ideado un plan, que con esa visita, se ponía en marcha, aunque eso Pierre August, su Pere querido,  no lo sabía aún, como siempre, era ella la que tomaba todas la decisiones trascendentales, aunque casi siempre su marido pensaba que fuese él, el tenía la última palabra, nada más alejado de la realidad, ese era el verdadero secreto del exitoso matrimonio que la nada agraciada Laila, había hecho con semejante partido.

Pierre August, había sido uno de los hombres más apuestos que hubiesen pisado jamás San Sebastián El Grande, a eso, había que agregarle su inmenso caudal económico y si innegable encanto, poseía un don de gentes pocas veces visto, y un agudo sentido del humor, por eso todavía hoy día, después de casi treinta años de casados, el pueblo no se recobraba de su asombro ante tan aparentemente, disparidad de ambos.

Lourdes Chalonnes, la hija del matrimonio, tenía ya dos años que se había casado con el regiomontano Pepe Fairfax, la familia de este, había sobrevivido los últimos cien años, a la americanización del norte, y se habían logrado mezclar con ambas culturas, de ahí su inusual metro noventa de estatura, sus ojos azules y su inmensa fortaleza física.

Laila y Pierre August, estaban finalmente solos en la casa familiar, y aunque habían soñado ambos con eso, no estaban del todo felices, pues los dos había sido siempre de muchos hijos, y ahora esperaban ansiosos la llegada de los nietos, por eso la noticia del nacimiento de su pequeña sobrina, alentó a la Sra. Chalonnes a tomar esa decisión, lo difícil sería el como.

Citlali, había cumplido fielmente con todo lo que le había encargado que hiciera su ama, había averiguado cuanto y a quienes les debía sumas de dinero su cuñado Lucio, en donde gastaba el dinero y si había o no terceras personas en esa relación, para ello, se había trasladado al puerto una semana antes, no le costó trabajo averiguar cuanto quiso.

Así que decidió jugar sus cartas, le insinuó a su querido Pere, lo grave de la situación de su hermana menor, lo mal que lo pasaría una criatura más al lado de ese monstruo, ya tenían suficiente María Fernanda y los muchachos, como para dejar que un inocente angelito más pagara las consecuencias.

Pierre August, había aprendido a tomar en cuenta los consejos y sobre todo las advertencias de su Liliquee, detrás de esa fachada rechonchita, patizamba y pizpireta, había un verdadero volcán en erupción, ella sabía ser la mujer mas dulce de la tierra, pero era una fiera, algo que todos, menos él, ignoraban, y una formidable contrincante cuando se le metía algo en la cabeza, prueba de ello, ni mas ni menos, era su matrimonio, de su feliz matrimonio, del que el daba constancia, si señor, tomaría en cuenta lo dicho por su esposa.

Pero la fortuna estaba de su parte, la niña enfermó seriamente durante su estancia en el pueblo, y ambas hermanas, junto a Citlali, sudaron la calentura de la pequeña, al lado de su cuna, turnándose y siguiendo a pie juntillas, las indicaciones del médico.

Era el momento oportuno, en una visita a las plantaciones de su concuño Pere, este aprovechó el momento a solas y le enseñó a Lucio pagarés, letras sin cobrar, le habó de las deudas de juego y sobre todo, de la gran amistad que tenía con su jefe en la oficina central de la Recaudación de Hacienda en la capital del país, ni mas ni menos, una amenaza, por sobre todas, a tomar en cuenta.

Por su parte, Laila dejó caer la bomba, le planteó a su hermana el hecho de que la niña necesitaba recuperarse, que era imposible que efectuase un viaje tan largo en tren hasta Veracruz, que ella no tenía medios económicos suficientes para atender como era debida a la pequeña, y que en que mejores manos que en las manos de ella, que era casi una madre para Santa, a eso había que sumarle las indicaciones del médico, que prohibían expresamente cualquier traslado, lo que Santa no sabía, era que su cuñado, ya había “ajustado cuentas” con Lucio.

De malagana y alentada por su esposo, Santa accedió a dejar a la pequeña una larga temporada con su hermana, ahí estaría cuidada, alimentada y sobre todo, querida por su hermana y su cuñado, este último, saltaba a la vista que se había enamorado de la pequeña, además, ella a diferencia de su hermana aborrecía discutir, y por sobre todas las cosas, estaba cansada, muy cansada.

Y fue ahí, en donde todos ellos, sin saberlo, sellarían para siempre el destino de Rosamunda.

 

Capítulo II.

Baldomero

 

Baldomero era el tercer hijo del matrimonio formado por Apolonio Escribano y Concha Godoy i Parma, y el único hijo varón. Por delante de él, había dos hermanas, Pita, la mayor, era la niña de los ojos de su padre, una belleza morena que había que voltear a ver y Romi la de en medio, que pasaba un poco desapercibida para ambos, y quizá por esa sola circunstancia, su padre había sido especialmente severo y estricto con él, su frase favorita solía ser…”los golpes de la vida, o forjan acero, o quiebran cristales”.

Se habían mudado a la capital del país, dejando atrás San Sebastián, al poco tiempo de nacer el hijo, eran una familia burguesa, de la alta aristocracia capitalina, su padre, un prominente notario, solía contar entre sus clientes a los presidentes del país, tenía conexiones con casi todas las personas que eran alguien, y era una sibarita, amante del lujo y el confort, un melómano y un entendido del arte.

Necesitaba por sobre todas las cosas, relucir, era por eso que su cuenta bancaria no tenía millones, como debería, pues derrochaba a manos llenas, necesitaba desesperadamente, ocultar sus humildes, aunque hidalgos orígenes.

Todo lo contrario de lo que sucedía con la familia de Concha, todo en ella era aristocrático, desde su figura, hasta sus maneras, su refrán preferido era…”la sencillez, es la base de la elegancia”. Y eso la describía perfectamente, pues era sencilla, a la ves que elegante, pero nada más fácil, que ser sencilla enfundada en un sobrio y costoso abrigo de astracán y un par de  broqueles de brillantes de un quilate cada uno, colgando del lóbulo de sus orejas.

Vivían en el acomodado barrio de Polanco, en la calle Presidente Masaryk, donde convergía la crema y nata, su casa de estilo barroco del medio oeste americano, con fachada de cantera rosa, mostraban así, al mundo entero, su elevada posición económica, decorada con un gusto exquisito, rodeada de arte y antigüedades.

Nada más llegar, habían buscado para su hijo un elegante internado marista, lo cual estaba muy de moda entre sus contemporáneos, habían pagado hacía 6 años el ingreso de Baldomero al instituto, y el año entrante comenzaría para él una nueva etapa en su formación, para lo cual Apolonio ya había comenzado a “abonar la tierra”, como se dice coloquialmente.

Por tanto, este sería su último año como huésped cotidiano en su casa, y su madre procuró hacerle la vida un poco más agradable, sabia que para él todo cambiaria y cualquier cambio es doloroso, tarea harto imposible, tomando en consideración las ideas pedagógicas de su esposo, que a veces se pasaba de estricto con su pobre hijito, pero aún así, había espacio para un pastel de chocolate que la cocinera siempre tenía a mano, para que el niño Baldomero merendase.

Su esposo, era un hombre maravilloso, ella seguía idolatrándolo, como el día que se casaron, y aunque a veces no estaba de acuerdo con algunas cosas de él, siempre confiaba en su juicio, procuraba no contrariarlo, pues sabia que tenía un carácter terrible, así que a la menor discusión, si Polo se encontraba en la planta superior, ella bajaba con cualquier pretexto, si el decidía bajar y trabajar en su despacho, ella subía a su solarium a cocer en punto de cruz o leer, si había que definirla en una sola palabra, se diría que esta es “prudencia”.

Pronto sería el cumpleaños de Baldomero, su querido angelito y estaba pensando llevarlo a la casa de Cuernavaca, invitar a algunos de sus primos y un selecto grupo de invitados, para pasar el fin de semana, así, mientras los niños jugaban, ella y Apolonio, podía organizar una maratón de póker.

 



 

Apolonio era un apuesto y prometedor abogado, de figura esbelta, alto, de porte aristocrático y nariz helénica muy clásica, se había educado en la capital y sus altas notas académicas, le habían valido la admiración de sus maestros y compañeros.

Era culto y refinado, adoraba a Enrico Caruso y vestía siempre a la última moda, sus maneras despreocupadas y aparentemente naturales, ocultaban un arduo aprendizaje y estudio del comportamiento de las personas, era un agudo observador y todo un rey midas, en cuanto a saber cuando y donde invertir su exiguo fideicomiso, legado de su madre. Poseía un innato sentido de la estética y  la belleza y sabía hacer pasar un modesto abrigo de lana, en una genuina vicuña.

Era un gran conversador y seleccionaba cuidadosamente a sus amigos, a quienes una vez enganchados, jamás los defraudaba o los olvidaba, por lo mismo era muy querido y apreciado, le había costado muchos años de su vida cultivar y alcanzar ciertos niveles de poder, y no pensaba dejarlos ir por nimiedades o cosas banales.

Por eso había acudido a la fiesta que celebraban con motivo del catorce de septiembre en casa de los Godoy i Parma, ya tenía enfilados sus dardos en Concha, la hija mayor, y aunque ella nada sospechara, estaba dispuesto a casarse con ella, costare lo que costare.

Lo hicieron, una soleada tarde de primavera en la Catedral Metropolitana, ante la presencia de casi mil invitados, era todo un derroche, pero la familia Godoy se lo podía permitir, además estaban encantados con el matrimonio de su hija y el apuesto Apolonio, el antiguo palacete de los duques de Calimaya, renombrado, Museo de la Ciudad, había sido alquila para la ocasión, ya estaba listo para el banquete, correría la champaña y el caviar Iraní.

Todos comentaban lo enamorada de la pareja, lo feliz que se les veía, y no estaban en absoluto equivocados, pero por sobre todas las cosas, brillaba la luz de Concha, si en ese momento le hubiesen pedido que diera la vida por Apolonio, lo habría hecho sin rechistar.

 



 

La casa de Cuernavaca “Villa Estromboli”, un construcción moderna con cristaleras que rodeaban casi toda la mansión, estaba circundada por un extenso jardín de una hectárea de césped, árboles y flores, en el medio una inmensa piscina rectangular y varias mesas con sombrillas de paja estilo polinesio, rodeaban el área recreativa, dos camareros filipinos y la ayudante de la cocinera, servían las bebidas en bandejas de plata de Taxco, y los canapés que se afanaban en sacar del horno desde la inmensa cocina de la casa grande, mientras los chiquillos correteaban en rededor, las mayores tomaban el sol y flirteaban con los apuestos jóvenes que se acercaron a la fiesta infantil de Baldomero.

Los adultos reían, contaban chistes y cotilleos políticos, mientras esperaban que los camareros acabaran de montar las mesas de póker, habría dos, una para mujeres y otra para los hombres.

El chofer se acercó cuidadosamente, y Don Apolonio le hizo una imperceptible señal, le extendió la caja de Davidoff que había ido a comprar, y el cortador de habanos de Tiffany, que acercó desde el despacho, y sin mediar palabra se retiró, absolutamente nadie se dio cuenta de la escena, era algo natural y cotidiano en la vida de todas aquéllas personas, como respirar.

Baldomero se acercó a su padre a darle un beso, y su padre reaccionó inmediatamente, le llevó aparte y le dijo…

A partir de este día ya eres todo un hombre, cumples siete años, y los hombres a los siete años se saludan de mano, jamás se dan besos en la mejilla y muchísimo menos en público.

Todo eso le chocó un poco a Baldomero, el día anterior su padre le había citado en su despacho de la planta baja y le habría dicho que estas vacaciones de invierno tendría que trabajar en la gasolinera de junto a su casa de Polanco, que se cortaría el pelo al estilo castrense,  esas vacaciones no habría paseos para él, que Santa Claus no existía y que a los siete años ya tenía que comenzar a aprender cosas de hombre, por todo ello y por muchísimo más, estaba cada vez mas acostumbrado a reprimir sus sentimientos, y se tragó las lágrimas que amenazaban con salir de sus ojos, menudo cumpleaños, saltó del trampolín para hacer un clavado y sumergirse en la piscina, simulando así su contrariedad y frustración.

 

Capítulo III

Rosamunda

 

El vestido blanco níveo, con encaje traído especialmente de Bruselas para la ocasión, le ceñía perfectamente a la niña Rosamunda, la ocasión lo merecía y la primera comunión, es una de las pocas ocasiones en que a una señorita de bien, se le permite vestir de blanco.

Aunque nadie apostaba un céntimo por ella, Pere y Liliquee, estaban seguros que la niña sería una belleza de antología, ya apuntaba maneras, pero nada comparado con la belleza que llegaría a ser.

Las personas normalmente o bien, se sentían afines con la pequeña, por la triste historia de abandono que habían hecho circular las malas lenguas, o por otro lado, la veían como una advenediza, que solo buscaba el dinero de los Chalonnes.

Lo cierto es que ella contaba con todo el apoyo de su familia, su Mamá Laila y su papá Pere, la querían como a una hija más, y sus otros hermanos-primos, la defendía y la cuidaban, era como la hermanita pequeña de todos, de todos menos de Lourdes, ella veía en Rosamunda algo más, veía a otra hija, le tenía un cariño mucho más especial que el resto de sus hermanos, y como sabía que no podría tener más hijos, había adoptado en su corazón a Rosamunda, creando un vinculo afectivo muy sui generis, primas-hermnas-madre e hija.

Lourdes Chalonnes y Pepe Fairfax, habían tenido hacía siete años a Lucy Fairfax Chalonnes, primera de los muchos nietos que tendrían Pere y Liliquee, una encantadora criatura que había heredado los ojos pequeños y muy despiertos de su padre, pero no su color azul, la tez blanca lechosa de su madre, pero no la estatura de ninguno de ellos, era mas bien la viva imagen de su abuela Laila, cosa que todo el mundo cuida bien de no decir en voz alta.

Sentían verdadera devoción las hermanas, como les gustaba hacerse llamar ellas mismas, y nadie era más feliz que Lucy, al ver el prodigio de vestido que su hermana luciría en esta ocasión. Y sabía que el año que entra le tocaría el turno a ella, y estaba deseando desesperadamente comenzar las clases de catecismo con Monseñor Miranda.

La iglesia mayor de San Agustín olía a incienso, a jazmines y perfumes caros, traídos de Francia por las damas y los caballeros asistentes a la primera comunión de la pequeña de los Chalonnes, entre los invitados el matrimonio formado por Apolonio Escribano y Concha Godoy, acompañados de su joven y apuesto hijo Baldomero, recién acababan de regresar por barco de Europa, vía Panamá y habían hecho esa escala en San Sebastián para ver los negocios que Apolonio aún conservaba en el pueblo.

Eran íntimos amigos de los Chalonnes, compadres y prima segunda ella de Laila, había entre ambas familias mucha amistad, por eso cada vez que llegaban, eran huéspedes imprescindibles en las tertulias de Pere y su esposa y viceversa. Habían traído de regalo para la pequeña un maravilloso crucifijo de Florencia.

No les parecía excepcionalmente hermosa Rosamundita, como habían estado insistiendo tanto Pere y Liliquee, y estaban encantados de ver el inmenso amor que los dos compadres le profesaban, era toda una suerte para la niña haber caído en semejante familia, era una tragedia todo ese desagradable asunto de la prima Santa, y a Concha no le gustaba ni mencionarla, muchísimo menos sabiendo lo bien que se llevaban Apolonio y Lucio. Apolonio todavía tenía fresca en la memoria su último encuentro hacía casi tres meses con su amigo Lucio Santoñés, en el bar la ópera de la capital, que tipo mas agradable era Lucio, se habían mudado hacía varios años con Santa y sus cuatro hijos y se veían, cada vez que estaba disponible, cada martes, eran “sus Martínez”, como le gustaba llamarlo a él, en honor de otro de sus camaradas, con ellos podía dejar por unas horas la máscara colgada en el recibidor de su casa, y reírse de buena gana, tomar sus copas sin preocuparse del odioso “que dirán”.

Baldomero, ya faltándole muy poco para de terminar la carrera de abogado, se había sentado automáticamente al lado de esa niña Artemisa Baldees; lo que sus padres ignoraban, es que mantenían una secreta correspondencia con dicha fémina, pero no pasaba desapercibido para ellos y sobre todo para Concha, la sobreactuada madre de esta, Dora Cruz, con mas ínfulas que abolengo, se sentía española, apesar de que por sus venas no corría mas que chocolate azteca, pero su esposo había venido de ahí, y eso le bastaba para hacérselo saber a todo el que se cruzaba por su camino.

La festejada salió franqueada por sus padres y sus padrinos,  Her Baumann y su esposa Mathilda, era una chiquilla adorable, tímida y educada, representaba lo mejor de los valores tan exaltados por la sociedad.

Todos se dispusieron a ir a casa de los Chalonnes a tomar el “brunch”, las mesas ya estaba dispuestas formando un círculo alrededor del inmenso árbol de mango que había en el hall trasero de la casa, de tal manera que o tenías a alguien a un lado, o te quedaba de frente, y al mismo tiempo, el gran tronco aportaba cierta intimidad y frescura, todo el borde que poseía maravillosos mosaicos portugueses con sus tonos azules cobalto y añil, estaba adornado por geranios blancos, por sobre la exquisita mantelería de lino francés, las copas de bacará mostraban los tonos anaranjados de las mimosas, y sobre el plato blanco, una generosa porción de tiramisú, todo un despliegue de glamour en un clima como ese.

Pero nada era suficiente para su petit Rosamunda, sus padres-tíos, estaban locos con ella, y no hacían nada más que propagarlo a los cuatro vientos y tenían grandes planes para ella, como pronto averiguaría la propia criatura.

En un rincón apartado del barullo, pero no lejos de la atenta y descarada mirada de Dora Cruz, se encontraba sentada en la fuente de la entrada, Artemisa, y  Apolonio, este último, galantemente se inclinaba para susurrarle tonterías, que ella celebraba con unas risitas a todas luces nerviosas, Concha y Apolonio con una fingida indiferencia, parecían no darse cuenta de nada.

Un círculo de chiquillas, rodeaba a Rosamunda, encabezadas por Lucy, y demandaban inmediatamente la apertura de los regalos, se la llevaban casi en volandas a su habitación para estar solas, pero ella no había dejado de percatarse de la imponente figura de Baldomero, a quien por cierto, lo había saludado con un beso, y un gracias tío por la preciosa cruz, como odiaba haber cometido semejante disparate, pero Don Apolonio y tía Concha, parecían agradarle que le llamase así.

Al otro día, y frente al gran comedor de roble, Rosamunda estaba sentada platicando con su nanita Citlali de toda la fiesta, cuando hizo su aparición su papá y su mamá para desayunar, todo un ritual en casa de los Chalonnes…

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